diumenge, 23 d’agost de 2009

Tengo ochenta años y soy lo que en nuestro pueblo se denomina “una que todavía no ha muerto“, una viuda. Mi difunto marido, Gabriel, fue un buen compañero de viaje, bueno, honesto y trabajador. Nuestro matrimonio fue un acuerdo, cuando yo contaba seis años, ya estaba todo programado y contábamos con la bendición de los astros y el entendimiento de nuestras respectivas familias.

Mi primer ciclo menstrual, a los quince años, dio el disparo de salida para mi nueva vida, nuestra nueva vida...Recuerdo perfectamente el día de mi boda, y hoy, lejos de las presiones y despues de tantos años, puedo decir sin miedo ni remordimientos que no fue un día feliz. Estaba aterrada y a pesar de que Gabriel tenía tan solo veinticinco años, cuando me senté a su lado me dio la sensación de que me estaba casando con un hombre viejo, mayor demasiado mayor.

Aunque nunca conocimos el amor, supimos crear una buena familia, quizá hasta feliz. Tuvimos dos estupendos hijos, ambos barones y sanos, una bendición, mi bendición para esta vida.

Gabriel trabajaba duro y pasaba fuera gran parte del día, volvía a la noche y comía la cena que le esperaba caliente en la mesa. Se daba un baño de aceites y sales aromáticas que también tenía preparado y se dormía. Cuando tenía algún día libre aprovechaba para leer o mirar televisión, así que al fin y al cabo fue muy fácil. No daba explicaciones pero tampoco las pedía, mi misión era cubrir sus necesidades en el momento preciso y su misión fue la de que ni a mí ni a los niños nos faltara de nada, siempre tuvimos un plato en la mesa y un techo para dormir.

Gabriel murió en una mañana de octubre. Eso hizo plantearme la vida de otra manera, al principio tuve pánico pero el hecho de tener dos hijos te hace vivir el dolor de forma diferente uno no puede dejarlo todo para derrumbarse cuando hay que alimentar a dos bocas. El pueblo donde vivíamos no consideraba correcto que una mujer viviera en una casa sola así que tuve que ir a vivir a casa de mi padre otra vez. Pronto decidí irme a vivir con mi hermana.

Su vida no era mejor que mía ni mucho menos, su marido siempre le tuvo un aprecio especial al alcohol y pasaba semanas enteras fuera de su casa. Para intentar disipar un poco toda esa niebla, decidí coger a mis dos hijos y mudarme a la gran ciudad con ella.

La vida en ciudad era también dura pero las tradiciones ya habían perdido mucho poder sobre la gente y yo me sentía libre por primera vez en mi vida. Me encantaba pasear por la calle y no conocer a nadie ser una desconocida entre desconocidos, no sabría como explicarlo. Me sentí capaz de ofrecerles a mis hijos un futuro un poquito más prometedor o al menos no tan impuesto como el mío y el de mí hermana.

Al poco tiempo de vivir allí alquilamos una pequeña casita en las afueras que podía mantener gracias al empleo que conseguí en la lavandería de un hospital. Mis hijos tuvieron la oportunidad de estudiar y se convirtieron en hombres en un abrir y cerrar de ojos. Pronto necesitaron una mujer a su lado. Ellos pudieron decidir casarse por amor o no casarse. Esta libertad me enseño que el amor, a veces, puede equivocarse y hacerte tan infeliz como los acuerdos matrimoniales entre familias y la alineación de los astros.

Mi hijo mayor, se equivoco de amor pero tuvo tres hijas antes de darse cuenta y su libre elección escuchando tan solo los consejos de su corazón, le hicieron el hombre más infeliz que he visto en toda mi vida. Su mirada era vacía y su corazón estaba triste y se dejó consolar por mujeres de comprometida reputación. Eso no hacia más que empeorar las cosas hasta que un buen día llego de trabajar a su casa y su mujer se había ido llevándose consigo a sus tres hijas. Creo que esto no lo ha superado aun, pero algún día encontrará alguna alma gemela tan herida como la suya y los dos se reconocerán y se darán consuelo.

Mi hijo menor, decidió viajar y siempre anda perdido en extraños lugares lejos de aquí. Cuenta historias de tradiciones rocambolescas no se si se lo imagina o realmente hay gente tan diferente a nosotros. Algún día, encontrará también un alma tan inquieta como la suya y los dos cansados de tanto trajín querrán darse descanso y formar una familia.

Mi hermana no soporto su vida y un buen día quiso reunirse con los espíritus y emprendió el viaje más largo de su vida. Con los años los problemas de su casa se incrementaron y su marido le propinaba palizas cada vez más graves. Un día ella tomo suficientes calmantes para no volver a despertar nunca más.

Pero o sola o acompañada, feliz o no la vida aunque parezca mentira, siguió.

Tengo ochenta años, y hoy pienso en todo esto sentada tomando un té, porque, al fin he encontrado a mi alma gemela, a mi verdadero compañero. Tengo ochenta años y hoy voy a casarme y a partir de mañana, mi pasado y el de toda mi familia será el mismo pero yo ya no seré tan solo la que espera a la muerte sino la al fin conoció el amor.

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