dimecres, 10 de juny de 2009

EL LOTO AZUL

- ¿Así que este es el Loto Azul? – preguntó el Emperador

- Sí, mi señor – contestó orgulloso el samurai mientras se inclinaba en señal de asentimiento y de respeto. Su escudero, unos metros detrás, realizó el mismo gesto.- lo he rescatado para Su Señoría. Su Señoría prometió hace un año la mano de su hija, la Princesa Blanca, de tan solo trece años y un tercio del imperio a quien recuperara el objeto más valioso del imperio, y aquí lo tiene.

- Así es, guerrero. ¿Y dices que has vencido al Dragón del Mar para rescatar la joya?

- Sí, mi señor- volvió a decir, con la misma inclinación ceremonial por su parte y por la de su escudero

-¿Es esto cierto?- preguntó el Emperador.

Repentinamente, el Demonio Azul apareció junto al trono, envuelto en un espeso humo del mismo color.

- ¡Ja!, eres un mentiroso, guerrero – dijo el demonio -. Tú no me has batido bajo mi forma de Dragón del Mar. Por tu desmesurada ansia de poder, que pasa incluso por intentar engañar a tu Emperador, te condeno a trabajar a mi servicio hasta el fin de los días.

Miró de soslayo al Emperador que le otorgó un gesto de asentimiento y le entregó la preciada flor.

Y en la misma neblina azul que había aparecido, se desvanecieron tanto el demonio como la flor y el samurai.

- Ahora, muchacho… Nihichi ¿verdad? Me vas a contar cómo conseguiste esta joya, sin mentiras. Anda, acércate y siéntate frente a mí.- dijo el Emperador

El joven, de apenas trece años, obedeció aterrado. El Emperador, sin decir nada, cerró los ojos y puso suavemente la mano sobre el hombro del joven.

El Emperador se vio en el cuerpo del muchacho, en plena noche, junto a su amo que roncaba ruidosamente, reclinado sobre el borde de una pequeña barcaza, mirando distraídamente la negror del agua y suspirando por la joven a la que amaba, la propia Princesa Blanca, a quien había visto fugazmente en una ocasión. Su nombre le venía de la blancura de su rostro, un color que, en su caso, no mostraba falta de salud o tristeza, sino muy al contrario, pureza y sabiduría.

De repente brotó del agua un grupo indefinible de pequeñas sardinas, que le dijeron al unísono

- ¿Conoces la medicina de los humanos?

- Algo así, - contestó sorprendido Nihichi - . A veces tengo que curar las heridas de mi amo.

- Suficiente, ven con nosotras, necesitamos tu ayuda.

- Pero, ¿y el Dragón del Mar?

- Es por un delfín, - le dijeron sin escucharle- le ha atacado una horca y se está desangrando en la playa. Necesita la medicina de los mamíferos para salvarse.”

Nihichi, sin pensárselo, agarró su botiquín que consistía en hilo, agujas, varios tipos de vendas y algunas hierbas medicinales, todo ello envuelto en un trozo de lona, y se lanzó al agua. El banco de sardinas, miles de ellas, formaron un tapiz sobre el agua para que Nihichi no la tocara y así alertara al temible dragón marino. Con gran velocidad, el inmenso tapiz de iridescencias blancas y azules contra la luz de la luna lo transportó a la seguridad de la playa.

En cuanto pisó la arena corrió hacia su paciente, el delfín, cuya silueta se veía perfectamente gracias a la luna llena. Al llegar, el animal le dijo, débilmente “necesitarás luz” y de la nada surgieron cientos de luciérnagas que iluminaron las crueles heridas que cubrían su cuerpo. Nihichi se puso de inmediato a coser las heridas más profundas, mientras le susurraba al delfín palabras tranquilizadoras. Seguidamente le colocó unas cataplasmas de barro y hierbas para que éstas cicatrizaran más rápidamente. Permaneció toda la noche junto a su paciente, revisando las cataplasmas, y frotando suavemente su piel con agua de mar para que ésta no se resecara. El cetáceo se iba curando a una velocidad sorprendente, hasta tal punto que al salir el sol ya estaba completamente curado. “Gracias, amigo –dijo -. Y ahora empújame hasta el agua. Nihichi inclinó su cabeza en señal de asentimiento, y empujó al agua al animal, cuyo peso era sorprendentemente ligero. Una vez éste en su medio, le dijo: “monta, te llevaré de vuelta junto a tu amo antes de que éste se despierte”.

Cuando llegaron a la barcaza, , les esperaba otra sorpresa. Las sardinas habían logrado robarle al dragón el Loto Azul, una flor de gran hermosura que brillaba por encima de la luz del alba. “Corre – dijeron las sardinas al unísono – vete de estas aguas antes de que el dragón descubra la desaparición de su más preciado tesoro”. Poco después, la barcaza casi volaba sobre el agua empujada por el delfín, alejándose definitivamente de los dominios del dragón. “¡Adiós, humano pequeño, y suerte!” le dijo el delfín como despedida, muchas millas después.

La mente del Emperador volvió al momento actual.

Éste le sonrió al joven, mirándole fijamente a los ojos.

- Así que ahora no tengo más remedio que entregarte a mi querida hija y un tercio del reino, un emperador no puede faltar nunca a su palabra – le dijo suavemente.”

Nihichi casi se cae de espaldas.

- Pero, mi Señor – replicó éste asombrado -, el demonio se ha vuelto a llevar la joya, y en realidad, fueron las sardinas y no yo quienes recuperaron el Loto Azul

- No estoy hablando ahora de la flor – rió el emperador –. Yo pedía el objeto más valioso del imperio. Y lo he encontrado en la generosidad de tu corazón. ¿Qué mejor regalo puede dar un padre para la boda de su hija? ¿no crees?”

El Emperador estaba mirando por encima del hombro del muchacho, hacia su hija, la Princesa Blanca, que acababa de aparecer de entre las sombras. Nihichi se volvió de un bote, olvidando todo protocolo, y casi se desmaya al ver tan cerca a su amada.

“Así es, padre, tu sabiduría me ha encontrado al mejor marido, ¿me aceptas por esposa, humano pequeño? – le preguntó directamente a Nihichi, con una sonrisa en los labios.

Éste abrió los ojos, grandes como platos, al darse cuenta de que el delfín y su amada eran la misma persona.

“Obedezco a cuanto deseéis, igual que lo haré siempre” respondió el muchacho al mismo tiempo que se inclinaba de cara a la princesa, intentando sin conseguirlo muy bien ocultar la gran felicidad que le embargaba.

Y así, pocas semanas después, Nihichi y la Princesa Blanca se casaron, pero no aceptaron el regalo de la tercera parte del imperio, sino que permanecieron junto al Emperador para hacer relices los últimos años de su vida. A la muerte de éste, Nihichi y la princesa gobernaron muchos años, con sabiduría, justicia, y. sobre todo, con gran generosidad para todo el imperio

dimarts, 9 de juny de 2009

BON ESTIU!!!!!

La Bruixa de la Mediterrània

En un petit país situat en un meravellós racó de la Mediterrània, vivia, no fa gaires anys, una bruixa. Aquesta bruixa no tenia, però, cap dels trets físics que l’imaginari popular els atribueix. Aquesta peculiaritat li permetia viure en societat sense despertar cap mena de recança.

Però, malhauradament, aquesta bruixa no era feliç. No compartia ni les idees, ni la filosofia, ni els sentiments ni les aficions de la resta de la comunitat bruixeril. Greu problema com veurem! Cada vint-i-vuit nits i coincidint amb la lluna plena, la nostra bruixa es reunia amb totes les col•legues del país. Havia d’assistir-hi per disciplina de corporació i també per disciplina hi havia de participar, però, si sentia tan malament en aquells aquelarres de polvores màgiques, d’herbes al•lucinògenes, de pocions transformadores i de pindoles encantades.

A ella, el que li agradava era fer encanteris perquè ella -era una encantadora de paraules! Construir i deconstruir formacions de mots, estudiar-ne el sentit, buscar subtils matisos, embellir-los amb prefixes, buscar-los derivats, fer combinacions, copçar l’efecte que produien en sentir-los en veu alta, escoltar el seu so, trobar sinònims… Allò si que era màgia!
Aquest era el poder que li havia estat conferit, i el que li proporcionava plaer. Però el seu autentic do residia en el fet que podia contegiar aquesta fascinació per les pàraules a la gent del seu entorn.

Aquest estrany poder no era ni ben vist ni ben acceptat per la resta de membres del gremi. Per la qual cosa, i desprès de maquiaveliques maquinacions, la van expulsar de la comunitat. De cop va veure’s obligada a guanyar-se el pa. Només sabia fer una cosa, jugar amb paraules, doncs això va fer!

I es va dedicar a ensenyar. Concretament es va dedicar a ensenyar a estimar les paraules. No és gens fàcil! El món no n’es pas plé de lletraferits, ans al contrari! Són pocs els disposats a dedicar temps i esforç en aquesta activitat, però ella va trobar deixebles interessats i sent bruixa, com encara era, no li va costar gens seduir-los.

I sense imposicions, sense absurdes directrius, sense exigències, amb destresa, amb amabilitat, amb maneres suaus els va induir a expressar-se a través del cor.
Tots els deixebles, embadalits, van deixar fluir la imaginació, els sentiments, les fantasies, les cabòries, les idees, els pensaments més intims, les pors, els desitjos més amagats i els van anar abocant sobre els fulls, i també, i això va ser el més importat, davant els companys.

I així tots es van anar descobrint, es van anar coneixent i…



… I van poder emocionar-se amb els vivencials relats de la Cati, tendres i plens d’humanitat, autentiques pàgines viscudes.
I van riure amb la frescor de l’escriptura divertida, directa i sincera de la Carmen.
I van descubrir una dolça poetessa: l’Isabel, a través dels seus intimistes i musicals relats.
Gairebé no van poder fruir de la Vicky i de la Marta, les viatgeres, que es van escapolir sovint de la tasca setmanal.
De la Rosa, la vident i gracies a les seves vibrants narracions en van percebre un tarannà lucid, observador, encuriosit i vital.
I en l’Imma van intuir a la florista., perquè cuidava les paraules talment com flors. Elaborava preciosos poms, embolcallats de sentiments, de sensacions i de records.
En Joan n’era el mag, el polièdric. Imaginatiu, fantasiòs, traient-se histories del barret, o potser de sota el barret, això si, amb un toc elegant, racional, rigoròs i tanmateix romàntic.
La Marta, la jove del Pallars, els colpejava l’esperit a cada sessiò. Ningù va saber mai si escribia amb estilet o amb ploma. Disseccionava cruament emocions i els les mostrava amb una sensibilitat, una delicadesa i una senzillesa que deixava a l’auditori amb el cor encongit.
Quan llegia L’Àngel tots contenien la respiració. Els seu relats potents, rotunds, explosius, atrevits, però tendres i sensibles reflexaven un món més jove. No és podia demanar més.
Els relats de la Mª Josè tenien una dicotomia molt curiosa. Acaronaven la intimitat, el nucli, el sentiment profund però al mateix temps, estaven expressats d’una manera franca i oberta, sense mascares distorsionadores. Eren relats viscuts, molt intensos.
Un pudor inicial, comprensible, va impedir a la Raquel mostrar la fina sensibilitat que més tard va revelar. En les seves histories, ben construides, aflorava la riquesa interior que captivava l’auditori.
En el Juan Carlos van trobar el narrador intel•ligent, el mestre en l’art de rastrejar i descriure submons, l’esmicolador de situacions i sentiments que oferia tal complexos i bells trencadissos.
I en l’Olga van coneixer l’escriptora. La creadora. La que feia malabars amb idees, paraules, oracions, fantasies i emocions. Disposava les paraules amb la tècnica del calidoscopi, que sigui quina sigui la combinació emprada sempre aconsegueix un conjunt seductor.

L’ex bruixa, la nostra heroïna, podia està satisfeta. Ella no tenia el poder de transmetre el do, però va tenir la habilitat de saber infondre en el cor dels seus deixebles l’amor a les paraules. I aquest sentiment els va fer a tots ells, de ben segur, més feliços.

Gràcies per tot, Pilar! I gràcies a tots.

Maria del Carme Janer
Juny 2009


Nota de l’autora: Tota semblança amb la realitat no és pura coincidència

dilluns, 8 de juny de 2009

El vagabund

Estava ajagut sobre un banc, i una capsa de cartró tapava el seu cos, deixant solament a la vista un embull de cabells enganxats i bruts. Al cantó, tenia un carro dels de supermercat carregat amb les seves i variades pertinences. Es va despertar, per el cop de pilota que va rebre d’un parell de nens que jugaven a la plaça. La pilota al topar amb els cartons els va moure i li va deixar el cap al descobert.

“Em vaig despertar de sobte sense entendre el que passava. Em vaig tranquil•litzar quan vaig veure que era de dia i els causants del meu ensurt eren dos nens que s’acostaven a recollir la pilota que havia quedat sota el banc. No sabia el temps que havia dormit i tampoc recordava a quina hora havia anat a parar en aquell banc. Tenia la boca molt seca, em cremava. Vaig agafar l’ampolla que tenia dins el carro i encara quedava un cul. D’un glop m’el vaig beure i tot seguit em sentí millor. Em vaig asseure i vaig donar una ullada. Havia anat a raure al banc que anava sempre que el temps m’ho permetia. Es trobava en una plaça d’un barri tranquil a la part alta de la ciutat on quasi mai havia tingut problemes.

Quan em vaig asseure, les criatures que venien a recollir la pilota es van aturar de sobte al veure al meu aspecte, doncs, infonia por. Feia molt de temps que no m’havia tallat els cabells i m’arribaven per l’espatlla. Unes cotorres que passaven cridant em van fer aixecar al cap i mirar a dalt. El blau del cel em va ferir l’anima i em va entrar un tremolor a les mans. Per un moment em vaig sentir clarivident, com si ho tornes entendre tot i veure el perquè de totes les coses que havia sofert. Del meu cap sortien unes espirals blaves, que enfilant-se cap a munt anaven atrapant petits globus de diferents colors. Em sentia millor quan agafaven els de color groc. Què era per mi el globus groc?, potser un bon record o un somni d’infant. Qui sap els anys que havien passat de tot allò i si havia succeït. Em veia infant portant un globus groc a la ma, agafant-lo per el fil per evitar que s’aixeques i es perdés en el cel. Sentia una sensació de felicitat que m’omplia, encara que sols va ser un moment. Tal vegada, si que va ser la meva mare que m’el va comprar. Quan i penso tinc el dubte si la vaig matar jo. A quanta gent hi fet desgraciada al llarg de la meva vida. M’agradaria recordar els qui hi fet feliços, ara no se si és que no puc recordar o es que no ni he trobat cap.

Em fico la ma a la butxaca per veure si tinc algun diner, trobo uns cèntims e intento contar-los per veure si em pot arribar per comprar quelcom d’alcohol, em costa molt i ho tinc que repetir-ho varies vegades, fins que em surt. Quant hi davallat a la meva vida. Abans, per la meva feina, les matemàtiques s’em donaven molt bé, ara, gairebé no se comptar. No vull mirar enrera, sento que em fereixo jo mateix, com si em fiques una daga ample i torçada a la panxa i em burxes i remenes amb ella dins meu. Quina angoixa. Necessito beure”.

S’aixeca i empenyent el carro amb les seves pertinences, va per carrers estrets i apartats on troba un portal que diu Bodega. De dins surt una ferum d’alcohol, tabac i brutícia que fereix el nas. El nostre home entra cap a endins.

“El Rupert està darrera del taulell i em mira com sempre amb la seva mirada tova. Li deixo els diners sobre la barra i li dic que em posi un conyac. Mirant els diners em diu una mica mofeta: poca festa fareu amb els diners que porteu. Li dic que em serveixi el que li he demanat, doncs, ell no en té que fer res. El primer conyac del matí sempre em sap a glòria. Quan em baixa per la gola, sento la escalforeta que em va deixant al seu pas. Em reconforta i em fa sentir bé, molt bé per dir-ho amb propietat. Com puc dir aquest mot, sinó soc propietari ni de la meva vida. Abans, si que havia tingut propietats, poques, però les suficients per creure que ja era algú. ¡Enganys, paranys ! això és el que son. Al darrer tots tenim el mateix i per molt que tanquem les mans res ens podem endur.

Ho vaig tenir que vendre o m’ho van prendre, el final és idèntic. Ara no tinc res, em tinc a mi mateix i jo se que aquesta vegada m’en sortiré d’una manera diferent. Per això no em sentor gens malament. Els acabaments totes les coses també es fan malbé i és perden. El pic del hivern, quan les nits son molt fredes i estic aixoplugat dins un caixer d’un banc o sota un pont, amb persones que viuen com jo, potser si que en algun moment agrairia una mica d’escalfor, però no vull satisfer el preu que em farien pagar. Tot us ho volen cobrar i jo no vull abonar res. Prou qui he pagat i hi fet pagar a la meva vida. Em sembla injust que tot a la vida tingui un preu, hi ha coses que havien de ser gratuïtes. Aquest Rupert no em posarà ja res més. Es un desgraciat. Pensa que pot fer amb mi el que vulgui. M’aniré doncs m’han dit que cap al barris bons es trobaven deixalles molt rendibles”.

Surt de la “Bodega” i, empenyent el carro, va pujant carrers fins que arriba al barri, on espera trobar forces deixalles.

“Quina sort he tingut! Es veu que es un barri amb possibles. D’aquest aparell de televisió i d’aquesta catifa em puc treure els dinerons necessaris per solucionar-me la beguda al menys per uns dies. No hi ha com fer-se ric. En aquesta vida el millor que et pot succeir és tenir sort o, encara millor, ser al lloc adequat en el moment precís. Això d’avui és una excepció, doncs quasi mai hi estat on i quan pertocava. El meu instint m’ha traït sempre i estic segur que vaig néixer sense el do de l’oportunitat. Ja m’ho deia el meu mestre, el senyor Heribert, quan repartia el berenar a l’escola i jo arribava sempre tard i moltes vegades em quedava sense. Ell em deia: ves en compte a la vida, com arribes sempre tard, els altres t’ho prendran tot. Quina raó tenia el meu mestre. El que passa es que, quan est jove, no et vols fixar en el que et diuen i quasi sempre hi ha molta sapiència amagada en els consells, que no saps veure. Em sembla que per aquest carrer vivia el meu soci. Si! es aquell portal on hi ha un conserge a la porta. Al final s’ho va quedar tot, el negoci i la meva dona. No li tinc cap rancúnia. Jo prou se del que allí dalt tinc que respondre i em sembla molt per les meves espatlles. Ell que las té més petites i que les ha fet més grosses no se com ho explicarà.

A dalt posant a cadascun en el seu lloc i calen poques explicacions. Qui sap que ens espera. Espero que el Bon Deu comprengui el meu embrutiment i que en el meu cas prevalgui la seva misericòrdia sobre la justícia. No es posem filosòfics, doncs em faré mal bé el dia.

Com li deuen anar els negocis a la mostela del meu soci?. Al final estava perdut i sense adonar-me de la conxorxa que es tenien els dos muntada. Ella em devia d’odiar molt. Suposo que és va equivocar, com tots ens equivoquen al llarg de la vida, però amb la diferencia que els errors no els fem pagar als altres. Jo que no bevia i he acabat alcohòlic perdut. Pensar que abans una copa d’anís em feia mal a l’estómac. Perquè vaig començar a beure?, no ho recordo molt be. Potser la pressió de la feina, la situació a casa i la meva debilitat per afrontar-ho, em vam portar on soc ara. Crec que el ésser humà no coneix el seus límits. Molts tenen la sort de no traspassar-los i no tenen problemes, però ai! del desgraciat que no els veu”.

Se li acosten una parella de joves, que per el que sembla el coneixen de fa temps. Deuen tenir sobre els vint anys. Ell porta unes ulleres metàl•liques que li donen caràcter a la seva cara, ella te el cabell ros i porta una motxilla a l’esquena.

-Bon dia Pere! Que fas avui tan lluny dels teus barris?.
-He vingut a fer bons negocis, com podeu veure per el carregament del meu carro.
Ella li diu; Tu ja saps, que la nostra organització el que vol es ajudar a la gent com tu que, per atzar de la vida, es troba vivint al carrer. Ens agradaria, que un dia vinguessis amb nosaltres per mostrar-te la teva llar, per si un dia et decideixes a anar-hi. Ja saps que no hi ha cap compromís i que pots marxar quan vulguis.
-Ja veig que sou bon minyons i que em voleu ajudar, però jo encara no necessito ajut. No feu cas de les aparences, doncs aquestes enganyen moltes vegades.
-Pere!, quan fa aquests dies de tan fred, no has pensat en que et vindria molt be una dutxa calenta, un bon brou i un llit a cobert per passar aquestes nits gelades de l’hivern, li diu el noi.
-Potser tens raó, però jo encara em veig amb ànims per viure lliure la meva vida. A més les meves normes em diuen que els favors es paguen i jo no puc ni vull pagar res. Quan sigui més gran i estigui malalt aleshores en podem parlar.
-Pensa-hi i si un dia canvies d’opinió ja saps on trobar-nos. Doncs adéu-siau i estem contents que avui hagis tingut un bon dia, li diuen els nois al marxar.

“Em cauen be aquest nois. Es veu que volen ajudar al que ho necessita. A la seva edat jo no anava per els carrers buscant desgraciats. Es clar, que amb el meu aspecte no em sorprèn que vulguin ajudar-me, tinc que fer fàstic i pena a parts iguales. Jo no els hi vull dir que a gran no arribaré. Com els hi puc explicar els meus somnis, i que ho entenguin. En aquest darrers temps sempre tinc el mateix somni; som a la tardor i veig un arbre que te moltes fulles. Al cap d’uns dies, les fulles és van marcint i cauen. M’apropo per veure el que els hi passa i veig uns petits cucs molt lletjos, de color vermellós, que han fet del arbre el seu niu i que l’estan buidant per dins. Al cap d’un temps surten volant i es ficant dins meu per els forats de les orelles, del nas, de la boca i algun fins per els ulls. Em desperto espantat, doncs em dono compte que m’estan buidant”.

Arrossegant el carro, travessa carrers fins que arriba a una deixalleria on li compren la TV. Desprès arriba a una botiga de roba vella i aconsegueix vendrà la catifa. Empenyent el carro es dirigeix cap a” la bodega”

“Aquest Rupert sembla una aranya al mig de la teranyina, esperant que caiguin els indefensos insectes. Es quedarà sorprès quan vegi els diners que he guanyat i li digui: posem tres conyacs que veuràs la festa que faré. No ha dit res, i m’ha mirat sorprès de que encara estigui emprenyat per el to mofeta que ha empleat amb mi aquest matí. Com si un no tingués sentiments ni un cert orgull. D’això, em sorprèn, però encara em queda una mica. Jo em pensava que hauria deixat enrere aquest luxe i veig que es de les poques coses que encara conservo. Avui no m’ha anat del tot malament. No se com he pogut acostumar-me en aquesta vida, jo mateix moltes vegades em penso que estic somiant i que quan em desvetlli tot serà com abans. Al despertar i al adonar-me de la meva realitat, ho accepto sense cap esglai com la cosa més normal del món. El que no voldria es tornar a viure la meva vida anterior. Per un cantó, em sento culpable de haver abandonat les meves coses sense lluitar amb totes les forces, però per l’altre, em sembla haver-me alliberat de tot. També penso que els patiments físics i la soledat d’aquesta vida, m’obren un camí, espero, que en el més enllà. Seria realment fotut, que tot això, no servis per compensar, encara que sigui una mica, totes les disbauxes i malifetes de la meva existència. Veig que aquest vespre no ha vingut el Magí, m’hagués agradat convidar-lo, tanmateix, ell ho fa amb mi moltes vegades quan no em puc pagar una copa. Sembla un home feliç, malgrat no tenir gaire diners. Potser el secret de la vida es tenir el necessari per fruir-la, sense agafar-se a res amb massa força. Se m’en va el cap, qui sap el que ens donà el Rupert en lloc de conyac. No es gaire difícil d’endevinar, mata-rates i del més barat. M’en vaig a dormir, doncs, estic fatigat”.

Agafa el carro i busca el seu banc on s’ajeu tapant-se amb uns cartrons. L’endemà al matí, el escombriaire que el coneix, veu que son les dotze i encara esta ajagut. S’acosta per despertar-lo i al treure els cartrons que el cobreixen, veu una gran quantitat de cucs vermellosos i molt lletjos que estan per tot el seu cos.

Març 2009
Joan Manuel Rius

divendres, 5 de juny de 2009

Desconsuelo

El silencio gravitatorio me abraza y enmudece mis actos en una parada obligatoria para respirar.

Deshuir mi frenética huida y penetrar en las mazmorras de la memoria llena de lagrimas prehistóricas mis efímeros presentes y futuros pasados.

Los silencios de mis relatos prohibidos convertidos en mensajes electrónicos corren hacia mi como aves de rapiña persiguiendo su cadavérico almuerzo.

Alegrías deshauciadas por todos esos sueños rotos debido a una  apisonadora realidad invaden mis esteriles jornadas y atormentan mis bélicas noches rellenándolas de batallas pasadas e insomnios presentes.

Siento el frío del filo de las navajas penetrando en mi alma por cada palabra escrita. Cada una de ellas convertida en recaudador, reclama su parte con su interés por el retraso.

Mi corazón despoja de ropa a mi alma para pagarles hasta su último céntimo.

A mi alma desnuda, ya no le importa taparse con los harapos del tormento y la tristeza y se sienta en una ventana junto al mar.

Y allí, yo y mi desgarrado invierno, pasamos  los días y las noches, esperando a oír, en silencio, los últimos acordes de esa macabra melodía llamada vida.

 

RAQUEL TOLOSA 19/04/09

 

Buscando veinte palabras

En una pequeña playa primaveral y huérfana de multitudes, observo el horizonte buscando mis veinte palabras y mis veinte mil respuestas.

Dejo que la brisa salada acaricie mi piel y la arena juegue a enterrar mis pies descalzos a cada paso que doy. Y así, me propongo a disfrutar del baile melódico de las olas en su eterno vaivén.

Podría pasar, pienso, que cada ola me obsequiara una palabra y me la dejara en la orilla, justo donde están las conchas y  los caracoles de mar.

Si esto sucediera, en una playa una história, en otra un poema dependiendo del mar o quizá de la marea, pero siempre llevando consigo un mensaje embotellado de un marinero a la deriva.

Paso la tarde sentada en la orilla imaginándome novelescas aventuras de piratas y titánicas historias de amor y como por arte de magia vienen hacia mi mis veinte palabras, una a una, granito a granito, cayendo de la primera a la última igual que en un reloj de arena.

 

La persiana

Cuando Claudia colgó el teléfono notó que le sudaban las manos y sentía los latidos de su acelerado corazón en las sienes. Ella, que pasaba por la vida a pies puntillas para que nadie advirtiera su presencia, alzó los brazos dio un brinco y pegó un girto de alegría tan fuerte que se asustó de ella misma. Sintiendose riducula, al momento, obligó a todo su cuerpo a que volviera a su recta y fría semitransparencia. Esta vez, sin embargo era incapaz de borrar esa tímida sonrisa ni apagar el brillo de su nueva mirada.

Por primera vez en mucho tiempo algo bueno, diferente estaba a punto de suceder y Claudia lo sabía. Para ella, esto era como poder tocar el cielo con la puntita de sus dedos y de repente, le entró el vértigo que convirtió toda su alegría en temor. De todas formas,  Claudia  sabía que no había marcha atrás porque en el mismo momento en el que Ernesto le había propuesto el proyecto ella contestó al instante un rotundo y  enérgico sí.

Ernesto era un viejo conocido de Claudia. Bien, conocido según el concepto de ella. Tan solo habían hablado una vez. Fue en la fatídica entrevista en la que buscaban fotógrafos para que realizaran un proyecto sobre las grandes catedrales de Europa. Claudia no era afincionada ni amante de la arquitectura pero tenía una gran pasión y esta era la fotografía. Su mejor amiga le mencionó la vacante y la convenció de que se presentara. Debía entregar un Book con al menos treinta fotografías diferentes, no hacían falta títulos ni estudios ni experiencia solo el Book. Claudia trabajó durante dos meses en la elaboración de este Book; compró hojas de papel reciclado con pétalos de flores, escojio de entre sus cientos de fotografías las treinta que más le gustaban, lo encuaderno y durante todo este tiempo  y sin darse cuenta, fue depositando allí todos sus sueños  y la esperanza de haber encontrado por fin, su camino.

Cuando llegó a la entrevista, en la sala de espera encontró a dos personas más. Una chica joven, más o menos de su edad y un hombre de unos cuarenta y seductores años, este era Ernesto. Aunque Claudia sentía que iba a hacer el rídiculo compartió su book ante la insistencia de los otros dos. Cuando vió el trabajo de Sandra, sintió que el suyo era como el trabajo del cole de un niño de párvulos. Aquella chica llevaba un trabajo de imprenta digital impresionante, además llevaba un curriculum de tres o  cuatro hojas de experiencia y títulos concedidos por las más importantes y caras instituciones, que abalaban su trabajo y competencia.  Pero con lo que realmente quedo fascinada era con el book de Ernesto.  Era indescriptible, cada foto, cada paisaje era un sentimiento. Su book era un collage medio digital y medio manual donde se mezclaban colores, aromas y sabores en un perfecto y osado equilibrio. Segura de no hacer otra cosa que no fuera un gran y sonoro ridículo, decició recoger sus cosas para marcharse, con la excusa de ir al lavabo. Supo que tenía que salir de allí lo antes posible pero justo en el momento de ir a cruzar la puerta de salida una secretaria le cortó el paso diciendo: “ – La señorita Claudia puede pasar”. La sangre se le paralizo y entró en aquel despacho con la derrota del que ya se sabe vencido. Acabada la entrevista y pensado que  su pesadilla iba a acabar, Ernesto se le acerco y le pidió su numero de teléfono. Alegó en su desfachatez que había visto algo especial en las fotografías de Claudia. Ella, desconfiada y herida,   salvó la situación dándole su dirección de correo electrónico. Y nunca nada más.  A las pocas horas le notificaron que no era el perfil de candidata que buscaban. Para Claudia otra condena más, se prometió que jamás iba a volverlo a intentar.

Claudia se sentía de nuevo al borde del abismo. Ernesto le proponía un viaje de unos sieis meses a través de Africa para fotografiar su espíritu de Norte a Sud. Ernesto sería el fotógrafo titular y ella y su objetivo, su segunda mirada. Era un sueño echo realidad. Se sentía diferente, digamos muy feliz.  Aún asi, las lagrimas asomaron en los azulados ojos de Claudia comprendiendo las palabras de Ernesto cuando, acariciando una vieja cicatriz, le dijo:

-Oye me alegro de que no creieras en ti en la entrevista,  ahora tu  estarías por Europa y yo no tendría a quien llamar. Sabía que lo tenía que intentar.

Y es que Claudia había olvidado que cuando subes la persiana, la luz del sol suele entrar.

La Oscuridad...

"...la oscuridad me asfixia, me aprieta y me domina... la oscuridad me desvanece en una noria de sensaciones, en un infinito de emociones, en una locura de caricias, mordiscos y saliva... la oscuridad me abraza y me olvida, me acuna y me mece, me pierde...
...tus manos me atrapan fuerte, me suben y bajan por la mente, mi cuerpo te pertenece, mis labios se entreabren, se humedecen, las lenguas se entrelazan, se separan, se retuercen...

…la oscuridad me esconde, me pervierte, me deja salir sin miedos, sin vergüenzas ni temores… la oscuridad me puede…

…tus besos me estremecen, tus succiones me prometen…me prometen un éxtasis cociente, caliente, infernal, espiritual, fugaz, inconsecuente…eternamente…

… la oscuridad me ha poseído, la oscuridad me ha revivido…prepárate a iniciar una lucha de espadas turgentes, prepárate a viajar al inconsciente, prepárate… para evadirte al placer de los placeres, a sentir mojada tu mente, a cabalgar hasta reventar…a morir en el instante en que las flores florecen y el cielo explota en mil colores de las mil sensaciones que la pasión te ofrece…

… gritos, gemidos, susurros, secretos, sudor, pudor, impudicia, temor, dolor…
… hemos caído, ya…, los dos…

…amanece… la oscuridad se desvanece… y, abrazados, nos volvemos a amar junto al sonido del mar y los cálidos rayos del sol hacen que volvamos a perder la razón…

… te sonrío y…”


genestel

EL SUMO SACERDOTE

" No sabes lo que me pasó anoche. Por fin encontré el origen de aquel zumbido intermitente que había estado escuchando las últimas noches y que no me dejaba dormir. De hecho, dado mi estado de insomnio, me he pasado las noches arriba y abajo arriba y abajo por todo el edificio buscando el origen del sonido. 

 

Anoche por fin dí con el con la puerta, del otro lado de la cual procedía el extraño ruido. Me acerqué sigilosamente, y, cuando me disponía a roer la esquina de ésta, se entreabrió lo justo para que pudiera entrar. Enseguida me impresionó la escena que tenía ante mí. 

Bañado por una levísima luz purpúrea, cuyo origen no supe descubrir, se extendía en un larguísimo pasillo, mucho más largo que la longitud total del edificio. En un silencio absoluto, una larga hilera de humanos cogidos de la mano de dos en dos ocupaba totalmente dicho pasillo. Vistos desde detrás parecían todos iguales. El de la izquierda vestía una larga túnica negra que le cubría de la cabeza a los pies. El de la derecha llevaba otra túnica igual, pero ésta de color totalmente blanco. Al fondo se vislumbraba una puerta abierta, de la que salía una luz blanca que, a pesar de ser intensa, no lograba iluminar ni un metro del pasillo. Del otro lado de esta puerta procedía el misterioso zumbido que te contaba. Con una curiosidad que superaba en aquellos momentos el pavor que sentía, aprovechando la semioscuridad y el hecho de que los humanos nunca se dan cuenta cuando un ratón pasa al lado de ellos, me fui acercando rápidamente a la luz blanca. Las parejas iban entrando en la sala de una en una, aproximadamente cada cinco minutos, pero, cosa que me extraño, ninguna volvía a salir. Aprovechando la entrada de una de estas parejas, me escabullí por el quicio de la puerta y encontré un lugar desde donde mirar sin ser visto, entre la pared y un gran jarrón.

 

La sala era cuadrada, de reducido tamaño. Las paredes estaban tapizadas de muebles y objetos antiguos, cubiertos de una capa de polvo y telarañas de siglos. No había más ventanas o puertas que aquella por la que había entrado y, pese a que había visto pasar al interior a varias parejas, en la habitación sólo estábamos los dos humanos que entraron conmigo y otro humano en el centro de la sala, pero éste no era un humano como los que conocemos. Era viejo, de larga barba blanca, y vestía una especie de camisón blanco, sin ningún tipo de adornos. Tanto su ropaje como su propio cuerpo irradiaban una luz de un blanco intenso, que iluminaba todo el cuarto. Se mantenía erguido, sereno, y con los pies desnudos unos pocos centímetros por encima del suelo. Sus ojos eran negros, pero no negros como los de los humanos, eran totalmente negros, como los nuestros, solo que con una intensidad inquietante si se le miraba fijamente. 

 

Frente a él se situaba la pareja que había entrado conmigo, en posición sumisa. El que vestía de negro dejó caer su túnica, que ocultaba un cuerpo huesudo, blanquecino, avejentado. Parecía un muerto, pero no olía a muerto. De hecho, aunque la vista me indicaba que estaba ahí, el resto de los sentidos me decían que no había nadie. No tenía olor alguno, ni tampoco percibí ningún tipo de respiración, ni tan siquiera el lento palpitar del corazón humano. El humano de la derecha dejó caer a su vez su túnica blanca e inmediatamente desplegó a sus espaldas unas enormes alas, tan blancas como su túnica en el suelo. Su cuerpo era bronceado y atlético, sus cabellos rubios, y su azul mirada, franca e inocente. Tampoco mis sentidos, aparte de la vista, me indicaban que hubiera nadie en su lugar. 

 

El personaje del centro flotó hacia sus invitados, levantó ambas manos sobre la cabeza de cada uno de ellos, cerró los ojos y sus dedos emitieron el leve zumbido que tan bien conocía. Al cabo de un instante que me pareció eterno, retiró las manos y levitó hasta el centro de la sala. El humano alado, de un brusco golpe de sus inmensas alas, emprendió el vuelo y desapareció por una de las paredes con su compañero cogido de la mano, sin desplazar la más mínima mota de polvo ni la más fina telaraña. Al instante entró la siguiente pareja, repitiendo el mismo ritual, solo que esta vez desaparecieron por el techo. Y así durante toda la noche, las parejas fueron desapareciendo, unas por las paredes, otras por el techo o el suelo. 

 

Cuando se fue la última pareja, el humano de ojos negros se desvaneció en la nada, tras lo cual la sala y el pasillo, únicos elementos de aquel extraño apartamento, quedaron sumidos en la más absoluta oscuridad. Sin salir de mi asombro, pero con una extraña paz interior, volví sobre mis pasos y cerré suavemente la puerta, con la sensación de haber sido testigo de haber sido testigo de algo importante, y a la vez demasiado privado y secreto. Sólo sé que algún día me gustaría encontrarme cara a cara con el hombre de los ojos negros, y que un ser alado me llevara de la mano no sé donde, supongo que al lugar que me corresponda en el mundo de después de la muerte. "

dijous, 4 de juny de 2009

Big Boy.

"Se sentó en la orilla del mar. Hacía rato que andaba descalzo por la playa y agradeció que el agua espumosa y revoltosa le mojasen los pies. Miraba más allá del horizonte, miraba con la mirada perdida y con la cara humedecida. Sucia y humedecida.
Sucia por secarse las lágrimas con las manos, humedecida por llorar sin poder parar, sin poder contener esa angustia que le apretaba la garganta y que lograba que su voz se ahogara.
No había aguantado mucho allí, de pie, escondido tras las gafas de sol siendo observado, siendo señalado,… siendo escudado por varios de sus amigos. Nadie se le pudo acercar, ni para bien ni para mal, pues rápido alguno les cortaba el paso con cara de guerrero espartano.
Cuando notó que la lava le escocía por dentro...simplemente se fue. Caminó. Andó. Se alejó. Hasta llegar al mar... y allí se hundió.
Sentado en la orilla del mar, escondió la cara entre las manos y volvió a llorar torrentes salvajes e indomables, volvió a llorar con fuerza, con descontrol, con locura, sin firmeza, desesperado, atormentado, aterrado, tiritando, mojado, decepcionado...a solas, sin nadie, tan sólo con el aire.
Se dio la vuelta y quedó tendido con la arena arañando sus labios, entrando en la boca, con sus ojos ya arenosos...y siguió llorando...

Buscaron, corrieron, preguntaron...todos estaban asustados. Él se había ido corriendo, gritando, gesticulando y nadie había reaccionado. Ahora le buscaban sin descanso, con rostros muy afectados, con miedo en sus cuerpos porque sabían que él estaba en extremo angustiado…
Alguien gritó y rápidos se acercaron… Tendido en la orilla, empujado por las olas, sus hombros se estaban agitando de forma fuerte y brutal y un gemido tronaba en su garganta…
Ninguno se movió. Ella se tapó la cara y su compañero apretó la mandíbula tanto que sentía que la iba a romper en millones de pedazo. Los demás quietos, inmóviles, parados.
De golpe, de un salto fueron a abrazarlo, a cogerle fuerte, a llevarlo a casa para sumirlo en un sueño que necesitaba, un sueño de descanso.
La escayola del brazo estaba destrozada, pero ahora no importaba. Ella le acariciaba las mejillas, amoratadas, arañadas, agrietadas…los labios cerrados, con pequeñas heridas… hace unos días atrás todos juntos cenando y ahora…

Salieron riendo, lo habían pasado genial cenando. Besos, abrazos, miradas genuinas,… y se fueron por su lado. Ellos montaron en el coche bromeando, risueños, felices y contentos. Música romántica en la radio, una de sus canciones preferidas que decía “…big boys never cry (los grandes chicos nunca deben llorar)…”, tarareaban juntos, él le pasó las mano por el cabello…las luces, los gritos, los chirridos de los frenos en seco, golpes, sacudidas, olor a gasolina…silencio…dolor… ¡cuánto dolor sentía él por dentro…!...la música seguía sonando…

En el hospital, poco después de despertar le comunicaron que había muerto, que su compañero había muerto en el acto…se había marchado, sin sufrir, apenas sin sentir…
…dolor… ¡cuánto dolor sentía él por fuera y por dentro…!... ¡cuánto…!

Y el amor se había convertido en dolor…

Los grandes chicos nunca deben llorar y, entonces… ¿qué…?

Despertó y ellos seguían allí, allí con él, a su lado… a su lado…”.


genestel

dimecres, 3 de juny de 2009

Viatge al mercat d’una llimona

Aquell matí com molts altres matins d’aquella primavera, estàvem tot just acabades de despertar, quan vàrem començar sentir xisclar les nostres companyes, i entre els xiscles sentíem que cridaven: se’ns emportant! ajudeu-nos!

Per entre els arbres vàrem veure que s’acostaven uns homenots amb uns grans cistells i estisores, que s’enfilaven dalt d’una escala i anaven tallant les nostres amigues dels arbres veïns i les deixaven caure en un gran cove. A nosaltres també en’s va arribar el torn i vàrem anar al cove. Després d’aquest trasbals em vaig desmaià, i quan vaig retornar estava en un gran magatzem, on unes dones ens posaven en unes capses diferents, segons la nostre dimensió.

Desprès vàrem restar fresques i a fosques uns quants dies, i que vàrem aprofitar per conèixer i relacionar-nos amb les nostres companyes. Algunes eren de família, o sigui del mateix arbre per la qual cosa ja ens coneixíem, altres eren d’arbres més llunyans i fins i tot d’altres indrets.

Un matí ens van pujar a totes en un camió, i després d’un parell d’hores de viatge vàrem arribar a una ciutat amb molts carrers i cases. Ens van portar a un gran magatzem, on van apilar les capses en les que viatjàvem. Aquell magatzem era un desori. Mai havia vist tants companys vegetals de formes i colors tan diferents. Jo, per la proximitat, coneixia a les pomes i alguna que altre pera llimonera, però el que vaig veure allí era més del que podia imaginar. Tots teníem en comú que havíem estat arrabassats a la força dels nostres llocs, i no sabíem quin seria el nostre destí.

Havien: apis, patates, cols, bròquils, escaroles, enciams, espinacs, pomes, figues, albergínies, cireres, pastanagues, raïm, taronges, peres, pebrots, plàtans, prunes, préssecs, síndries, melons, tomàquets, alls, alvocats, kiwis, pinyes, cogombres, maduixes i altres llimones com nosaltres.

Era sorprenent la quantitat de companys vegetals que vaig arribar a conèixer, durant el poc temps que vaig restar en aquell magatzem. Per el que vaig sentir venien de tots el racons del mon. Hi havien de Múrcia, Andalusia, València, Lleida, Girona, Extremadura, Brasil, França, Holanda, Alemanya, Marroc, Nova Zelanda, Turquia, Estats Units i d’altres llocs que ja no me’n recordo. Alguns es donàvem molt d’aires. Anaven tant tibats que no s’ els hi podia ficar ni un pinyó per el cul.

Un bròquil, que era el que portava més temps al magatzem, ens va dir que allò era com un centre o gran mercat on venien els homes a comprar i se’n s’enduien a altres mercats. I, efectivament, no portàvem molta estona quan dos homes amb una llibreta s’acostaren a les capses emmagatzemades i un d’ells li va dir a l’altre:

a quin preu? I sense donar temps al altre a respondre, tot seguit va dir;

-Aquesta capsa de llimones me la quedo, afegeix-la a la comanda.

Així anava triant altres companys de cognoms diferents d’entre tots els que allí estàvem.

Després l’ home que ens havia escollit ens va ficar a una furgoneta i vàrem sortir del magatzem. Començava a clarejar i les primeres llums del sol il•luminaven els carrers de la ciutat. Vam arribar a un gran local amb sostres molt alts i columnes de ferro on, a la entrada, havia un rètol que deia ”Mercat Municipal”

Allò era una gatzara, molta llum, gent i cridòria. Estava ple de passadissos que creuaven tot el mercat, i al costat d’aquests, ple de parades on venien tota classe de vegetals, pollastres, conills vedelles, porcs i altres coses que jo mai havia vist, i ni sabia que existissin. Em va agradar molt conèixer els peixos. Havien llenguados, sardines, pops, tonyines, besucs, salmons, verats, sorells, molls, truites i neros. També vaig conèixer els crustacis: escamarlans, gambes, musclos, cloïsses, petxines, llagostes i ostres. Fins i tot vaig veure que venien insectes de no se quins països. Com si els insectes fossin bons, vinguin do’n vinguin. Per mi era un mon nou, estava impressionada i al mateix temps una mica espantada.

Vam arribar a la parada que suposo era del home que ens portava. Allí unes dones joves i maques, vestides totes de blanc amb davantals verds, i molt arreglades i maquillades, com si anessin a un ball, van dir-nos que eren les dependentes. Ens van treure de les capses i van col•locar-nos amb molta cura en unes lleixes. També van exposar molts dels companys que havia conegut darrerament.

Allí em vaig sentir important per primera vegada a la meva vida. Sota unes fortes llums, la meva pell lluent i una mica rugosa donava una imatge resplendent. Sempre he tingut un bon color, però allí el meu groc habitual semblava que s’havia transmutat amb or. Jo estava molt contenta.

Passaven moltes dones i homes que s’aturaven i ens miraven, alguna d’ella fins allargava la ma per tocar-nos. Les dependentes eren molt amables, a tothom li deien ; carinyo, princesa, reina, preciositat, maca i altres coses igual de boniques, que eren per entendrí fins el més malvat.

Aquesta alegria que experimentava va quedar una mica esmortida, quan a la parada del costat vaig veure uns pollastres morts, penjats per el coll. Això em va fer reflexionar, doncs no em casava tanta dolcesa i amabilitat, amb la visió dels pobres pollastres penjats.

De totes maneres jo anava embalada, tenia molt d’èxit i moltes persones s’ interessaven per mi. Finalment una dona de cabells blancs i de rostre afable em va prendre i va ficar-me en una bossa. Jo mentrestant sentia que aquella bona dona li preguntava a una de les dependents: serà bona per fer suc? La dependenta tot seguit li va dir, que érem d’un tipus que acostumàvem a ser molt sucoses.

Al arribar a la casa de la dona, em va treure de la bossa i va posar-me amb un fruiter on hi vaig trobar un altre companya. Aquesta estava tremolant i molt trista. Li vaig preguntar que li passava i em va dir que ella era l’única que quedava de les llimones que un dia arribaren juntes al fruiter, doncs, aquella dona que em semblava bona i afable, cada matí amb un ganivet seccionava una llimona i la ficava en una maquina que feia molt soroll i de la que sortia convertida en suc.

No vaig dormir aquella nit ensumant que s’acostava el fi de la meva existència i vaig dedicar a escriure aquest relat de la meva vida, per que servis d’ exemple i avis a les altres llimones sobre els enganys dels humans.

Va arribar el matí, i la dona es va atansar al fruiter i mirant-me dolçament m’agafa, i posant-me sobre el marbre de la cuina em va clavar una ganivetada que em partir en dos. Un immens dolor amb va sacsejar i recorre tot el meu cos, des de la meva bonica pell fins a la polpa. Gairebé sense adonar-me, va ficar-me dins una terrible maquina, que em va treure tot el suc i mai millor dit, acabant amb la meva cítrica existència.

Joan Manuel Rius

Novembre 2008

Mira a través de mis ojos...

Ayer, al atardecer, con un frío de mil demonios, estaba con mi pareja esperando el tren.Charlábamos, hablábamos, nos reíamos...nos mirábamos intensa y fugazmente, jugando con pequeños roces de la mano, de esos que te saben a miel y de los cuales nadie sabe...Llegó el tren, nos sentamos y como es nuestra costumbre, empezamos a fijarnos en la gente, en su trajín, en su ir y venir...imaginando cómo serían sus vidas, sus problemas, sus alegrías...y sólo con mirarnos, nos entendíamos...
Casi al final del trayecto, creo recordar que faltaban como unas tres o cuatro paradas, se sentó una chica delante nuestro, con aire decidido y con una hermosa sonrisa.No pude quitar mi mirada de ella.Observé cada movimiento, cada gesto...y noté como, apenas sin darme cuenta, mis labios dibujaban una dulce sonrisa.
No hizo nada extraño.Nada hizo que me llamase la atención tanto como para no poder dejar de observar...Se sentó, no sin antes mirarnos y sonreír.Colocó bien su abrigo sobre las piernas.Abrió su mochila de color verde "Lacoste", desgastada por un uso diario, creo intuir que era una de esas mochilas fetiche, es decir de esas cosas que siempre llevamos porque las amamos hasta ni se sabe dónde...Abrió la cremallera de esta y sacó un libro del "Barco De Vapor", no pude ver bien el título..., y comenzó a leer.Despacio resiguiendo las palabras, acariciando cada palabra impresa con el dedo, fijandose en cada en cada punto, en cada coma...Toqué con suavidad el brazo de mi compañero, y me indicó con un leve gesto de cabeza que se había dado cuenta de todo.La chica no leyó más de página y media porque los altavoces avisaban de la proximidad de la estación, la de final de viaje.Todo el mundo empezó un loco ajetreo:ponerse en pie, periódicos, bolsas, empujones, disculpen, oh no pasa nada...y la chica, con tranquilidad, volvió a coger su mochila, guardó su libro dentro de la mochila verde, no sin tener unos cuantos problemas, se puso el abrigo sentada, con cuidado de no molestar y, mientras esperaba a que entrasemos en la estación, sacó de un bolsillito una barra de cacao, claro que antes miró su móvil último modelo por si tenía algún sms, y se dejó unos labios bien brillantes.
Llegamos al destino, y ya nuestras vidas volvíeron a separarse para siempre, supongo.Y yo, sonriendo.
Sonriendo por la sencillez, por el saber estar, por el saber hacer de la chica.Por su independencia, por su autonomía, por su valentía, por su vivir la vida.
Porque su Síndrome de Down no ha sido un muro en su vida.Y sobre todo...por su hermosa sonrisa.


genestel 03/06/2009

EL ÚLTIMO COMBATE

 

¡Te acaba de romper la ceja izquierda! Nunca debiste aceptar este combate. Otro en lo riñones.  Qué rápido es. Suena la campana.  Menos mal. ¿Dónde han puesto tu rincón? Eso es. Por fin. Necesitas aire. No tienes entrenador, demasiado caro. Tan sólo el médico que te está cosiendo la herida de la ceja, aunque tú ya no sientes ni la aguja. Dentro de poco, se te hinchará el ojo y ya no podrás ver por él. Oyes ruidos indefinibles por debajo del zumbido en tus oídos.  Este chaval te está haciendo puré los sesos. El médico te limpia la sangre. Notas que apestas a sudor y sangre, aunque ya apenas puedes distinguir qué es qué. Levantas la cabeza y ensanchas el pecho para intentar recibir un poco más de oxígeno. Sólo ves el foco del techo, que hace más insoportable el cargado ambiente del gimnasio. Y al fondo, muy al fondo, tu oponente, ni te acuerdas de su nombre. Pero es bueno, mejor que tú. Claro, tiene veintitrés años  menos, ¿qué querías? Pero tú también tienes que comer, ¿no? Y no sabes hacer otra cosa. Intentas beber agua, pero tienes la garganta hinchada. La escupes hacia un lado acompañada de una buena cantidad de sangre. Ves al público en sus sillas plegables de madera. A pesar de ser el primer combate de la velada, el gimnasio está bastante lleno. Añaden al ambiente general olores de cigarros y cerveza barata. Y se lo están pasando en grande, riéndose y saboreando el sangriento espectáculo. A todo el mundo le gusta ver como un joven machaca a un viejo. Y si es por tres dólares la velada, mejor que mejor. Más atrás vislumbras las paredes, grasientas por los años de sudor y de humo. Por encima, los también grasientos ventanales apenas dejan pasar los restos de la luz del día. Antes nunca peleabas de día. Respira. Aprovecha el tiempo y respira. El ojo dañado ya se te ha cerrado del todo por la hinchazón, mal asunto. Entre el barullo del público y el zumbido en la cabeza, apenas oyes la campana. Demasiado pronto. Apenas te levantas el joven se te echa encima con una lluvia de golpes. Qué rápido es. Has aguantado en pie la primera embestida, eso está bien, pero apenas has logrado rozarlo con tus puños. Ves en sus ojos que sabe que ha ganado, tan sólo es cuestión de tiempo. Ahora selecciona mejor sus golpes. Te machaca todo el costado izquierdo con un puño que ni siquiera puedes ver. Lo que sí ves es cómo se mezcla su sudor con tu sangre en su pecho y sus brazos. Céntrate. Sin saber cómo, estás contra las cuerdas, no puedes retroceder y no te quedan fuerzas para avanzar. Intentas abrazarte a él, pero se te escabulle sin problemas. Mientras, te machaca los riñones para que no puedas coger aire. De repente, te tiemblan las rodillas. Bajas la guardia y recibes un gancho en plena mandíbula. Notas una explosión de luz, y poco a poco todo se vuelve silencioso y oscuro como el infierno.

 

Te despiertas. Ha pasado un tiempo, pero no sabrías calcular cuanto. Sientes tanto dolor que eres incapaz de detectar de qué parte de tu entumecido cuerpo viene. Estás tumbado sobre una fría mesa metálica. Notas el fuerte olor a linimento, jabón y sudor. Estás en el vestuario. Notas voces a tu alrededor, pero las tapa el zumbido en los oídos. Abres los ojos, sólo se te abre el derecho. Ves la desnuda bombilla del techo que vierte una neblinosa luz amarillenta sobre el cuartucho. A tu alrededor, los siguientes boxeadores se preparan para salir al ring. Ninguno te mira, sólo el médico que te habla pero a quién no oyes. Has visto su gesto antes, no sabes cuantos dedos te está enseñando, ni siquiera los ves. Notas un pinchazo en el brazo mientras entran los camilleros. El dolor se va diluyendo, pronto estarás dormido. Qué bien. Cuarenta y tres años, demasiado viejo. Pero necesitas comer, y no sabes hacer nada más. Tus sentidos se van apagando mientras te llevan en la camilla. Y tu cabeza te repite, ya casi en sueños: es tu último combate, que te dará para comer el próximo mes. ¿Y después? Mejor no te vuelvas a despertar más, porque si lo haces, entonces sí que el mundo se te va a presentar jodido de verdad.

JUAN CARLOS 29/V/2009