divendres, 5 de juny de 2009

EL SUMO SACERDOTE

" No sabes lo que me pasó anoche. Por fin encontré el origen de aquel zumbido intermitente que había estado escuchando las últimas noches y que no me dejaba dormir. De hecho, dado mi estado de insomnio, me he pasado las noches arriba y abajo arriba y abajo por todo el edificio buscando el origen del sonido. 

 

Anoche por fin dí con el con la puerta, del otro lado de la cual procedía el extraño ruido. Me acerqué sigilosamente, y, cuando me disponía a roer la esquina de ésta, se entreabrió lo justo para que pudiera entrar. Enseguida me impresionó la escena que tenía ante mí. 

Bañado por una levísima luz purpúrea, cuyo origen no supe descubrir, se extendía en un larguísimo pasillo, mucho más largo que la longitud total del edificio. En un silencio absoluto, una larga hilera de humanos cogidos de la mano de dos en dos ocupaba totalmente dicho pasillo. Vistos desde detrás parecían todos iguales. El de la izquierda vestía una larga túnica negra que le cubría de la cabeza a los pies. El de la derecha llevaba otra túnica igual, pero ésta de color totalmente blanco. Al fondo se vislumbraba una puerta abierta, de la que salía una luz blanca que, a pesar de ser intensa, no lograba iluminar ni un metro del pasillo. Del otro lado de esta puerta procedía el misterioso zumbido que te contaba. Con una curiosidad que superaba en aquellos momentos el pavor que sentía, aprovechando la semioscuridad y el hecho de que los humanos nunca se dan cuenta cuando un ratón pasa al lado de ellos, me fui acercando rápidamente a la luz blanca. Las parejas iban entrando en la sala de una en una, aproximadamente cada cinco minutos, pero, cosa que me extraño, ninguna volvía a salir. Aprovechando la entrada de una de estas parejas, me escabullí por el quicio de la puerta y encontré un lugar desde donde mirar sin ser visto, entre la pared y un gran jarrón.

 

La sala era cuadrada, de reducido tamaño. Las paredes estaban tapizadas de muebles y objetos antiguos, cubiertos de una capa de polvo y telarañas de siglos. No había más ventanas o puertas que aquella por la que había entrado y, pese a que había visto pasar al interior a varias parejas, en la habitación sólo estábamos los dos humanos que entraron conmigo y otro humano en el centro de la sala, pero éste no era un humano como los que conocemos. Era viejo, de larga barba blanca, y vestía una especie de camisón blanco, sin ningún tipo de adornos. Tanto su ropaje como su propio cuerpo irradiaban una luz de un blanco intenso, que iluminaba todo el cuarto. Se mantenía erguido, sereno, y con los pies desnudos unos pocos centímetros por encima del suelo. Sus ojos eran negros, pero no negros como los de los humanos, eran totalmente negros, como los nuestros, solo que con una intensidad inquietante si se le miraba fijamente. 

 

Frente a él se situaba la pareja que había entrado conmigo, en posición sumisa. El que vestía de negro dejó caer su túnica, que ocultaba un cuerpo huesudo, blanquecino, avejentado. Parecía un muerto, pero no olía a muerto. De hecho, aunque la vista me indicaba que estaba ahí, el resto de los sentidos me decían que no había nadie. No tenía olor alguno, ni tampoco percibí ningún tipo de respiración, ni tan siquiera el lento palpitar del corazón humano. El humano de la derecha dejó caer a su vez su túnica blanca e inmediatamente desplegó a sus espaldas unas enormes alas, tan blancas como su túnica en el suelo. Su cuerpo era bronceado y atlético, sus cabellos rubios, y su azul mirada, franca e inocente. Tampoco mis sentidos, aparte de la vista, me indicaban que hubiera nadie en su lugar. 

 

El personaje del centro flotó hacia sus invitados, levantó ambas manos sobre la cabeza de cada uno de ellos, cerró los ojos y sus dedos emitieron el leve zumbido que tan bien conocía. Al cabo de un instante que me pareció eterno, retiró las manos y levitó hasta el centro de la sala. El humano alado, de un brusco golpe de sus inmensas alas, emprendió el vuelo y desapareció por una de las paredes con su compañero cogido de la mano, sin desplazar la más mínima mota de polvo ni la más fina telaraña. Al instante entró la siguiente pareja, repitiendo el mismo ritual, solo que esta vez desaparecieron por el techo. Y así durante toda la noche, las parejas fueron desapareciendo, unas por las paredes, otras por el techo o el suelo. 

 

Cuando se fue la última pareja, el humano de ojos negros se desvaneció en la nada, tras lo cual la sala y el pasillo, únicos elementos de aquel extraño apartamento, quedaron sumidos en la más absoluta oscuridad. Sin salir de mi asombro, pero con una extraña paz interior, volví sobre mis pasos y cerré suavemente la puerta, con la sensación de haber sido testigo de haber sido testigo de algo importante, y a la vez demasiado privado y secreto. Sólo sé que algún día me gustaría encontrarme cara a cara con el hombre de los ojos negros, y que un ser alado me llevara de la mano no sé donde, supongo que al lugar que me corresponda en el mundo de después de la muerte. "

5 comentaris:

  1. Es muy imaginativo,al mismo teimpo que lo encuentró simbólico. Es bonito.

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  2. ¡Quiero saber más!
    Me ha gustado mucho...la verdad es que consigues que veamos la sala, los humanos y al mismísimo ratón con tus descripciones tan reales!!
    Un besote!^^

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  3. Por cierto, JC...¿para cuándo abrirás esto para que todo el mundo puede leer y opinar -en abierto-?
    He puesto el link en mi blog y si quieren entrar...se llevarán un chasco...
    Le envié un mail a Raquel...
    Por cierto, no tengo tu mail!!!Im-per-do-na-ble!!

    Un beso!^^

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  4. Es muy bonito! eres un crack!!!!
    Un petó

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  5. Original i esperanzador. Como te inspiraste?
    Un abrazo,

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