dimecres, 10 de juny de 2009

EL LOTO AZUL

- ¿Así que este es el Loto Azul? – preguntó el Emperador

- Sí, mi señor – contestó orgulloso el samurai mientras se inclinaba en señal de asentimiento y de respeto. Su escudero, unos metros detrás, realizó el mismo gesto.- lo he rescatado para Su Señoría. Su Señoría prometió hace un año la mano de su hija, la Princesa Blanca, de tan solo trece años y un tercio del imperio a quien recuperara el objeto más valioso del imperio, y aquí lo tiene.

- Así es, guerrero. ¿Y dices que has vencido al Dragón del Mar para rescatar la joya?

- Sí, mi señor- volvió a decir, con la misma inclinación ceremonial por su parte y por la de su escudero

-¿Es esto cierto?- preguntó el Emperador.

Repentinamente, el Demonio Azul apareció junto al trono, envuelto en un espeso humo del mismo color.

- ¡Ja!, eres un mentiroso, guerrero – dijo el demonio -. Tú no me has batido bajo mi forma de Dragón del Mar. Por tu desmesurada ansia de poder, que pasa incluso por intentar engañar a tu Emperador, te condeno a trabajar a mi servicio hasta el fin de los días.

Miró de soslayo al Emperador que le otorgó un gesto de asentimiento y le entregó la preciada flor.

Y en la misma neblina azul que había aparecido, se desvanecieron tanto el demonio como la flor y el samurai.

- Ahora, muchacho… Nihichi ¿verdad? Me vas a contar cómo conseguiste esta joya, sin mentiras. Anda, acércate y siéntate frente a mí.- dijo el Emperador

El joven, de apenas trece años, obedeció aterrado. El Emperador, sin decir nada, cerró los ojos y puso suavemente la mano sobre el hombro del joven.

El Emperador se vio en el cuerpo del muchacho, en plena noche, junto a su amo que roncaba ruidosamente, reclinado sobre el borde de una pequeña barcaza, mirando distraídamente la negror del agua y suspirando por la joven a la que amaba, la propia Princesa Blanca, a quien había visto fugazmente en una ocasión. Su nombre le venía de la blancura de su rostro, un color que, en su caso, no mostraba falta de salud o tristeza, sino muy al contrario, pureza y sabiduría.

De repente brotó del agua un grupo indefinible de pequeñas sardinas, que le dijeron al unísono

- ¿Conoces la medicina de los humanos?

- Algo así, - contestó sorprendido Nihichi - . A veces tengo que curar las heridas de mi amo.

- Suficiente, ven con nosotras, necesitamos tu ayuda.

- Pero, ¿y el Dragón del Mar?

- Es por un delfín, - le dijeron sin escucharle- le ha atacado una horca y se está desangrando en la playa. Necesita la medicina de los mamíferos para salvarse.”

Nihichi, sin pensárselo, agarró su botiquín que consistía en hilo, agujas, varios tipos de vendas y algunas hierbas medicinales, todo ello envuelto en un trozo de lona, y se lanzó al agua. El banco de sardinas, miles de ellas, formaron un tapiz sobre el agua para que Nihichi no la tocara y así alertara al temible dragón marino. Con gran velocidad, el inmenso tapiz de iridescencias blancas y azules contra la luz de la luna lo transportó a la seguridad de la playa.

En cuanto pisó la arena corrió hacia su paciente, el delfín, cuya silueta se veía perfectamente gracias a la luna llena. Al llegar, el animal le dijo, débilmente “necesitarás luz” y de la nada surgieron cientos de luciérnagas que iluminaron las crueles heridas que cubrían su cuerpo. Nihichi se puso de inmediato a coser las heridas más profundas, mientras le susurraba al delfín palabras tranquilizadoras. Seguidamente le colocó unas cataplasmas de barro y hierbas para que éstas cicatrizaran más rápidamente. Permaneció toda la noche junto a su paciente, revisando las cataplasmas, y frotando suavemente su piel con agua de mar para que ésta no se resecara. El cetáceo se iba curando a una velocidad sorprendente, hasta tal punto que al salir el sol ya estaba completamente curado. “Gracias, amigo –dijo -. Y ahora empújame hasta el agua. Nihichi inclinó su cabeza en señal de asentimiento, y empujó al agua al animal, cuyo peso era sorprendentemente ligero. Una vez éste en su medio, le dijo: “monta, te llevaré de vuelta junto a tu amo antes de que éste se despierte”.

Cuando llegaron a la barcaza, , les esperaba otra sorpresa. Las sardinas habían logrado robarle al dragón el Loto Azul, una flor de gran hermosura que brillaba por encima de la luz del alba. “Corre – dijeron las sardinas al unísono – vete de estas aguas antes de que el dragón descubra la desaparición de su más preciado tesoro”. Poco después, la barcaza casi volaba sobre el agua empujada por el delfín, alejándose definitivamente de los dominios del dragón. “¡Adiós, humano pequeño, y suerte!” le dijo el delfín como despedida, muchas millas después.

La mente del Emperador volvió al momento actual.

Éste le sonrió al joven, mirándole fijamente a los ojos.

- Así que ahora no tengo más remedio que entregarte a mi querida hija y un tercio del reino, un emperador no puede faltar nunca a su palabra – le dijo suavemente.”

Nihichi casi se cae de espaldas.

- Pero, mi Señor – replicó éste asombrado -, el demonio se ha vuelto a llevar la joya, y en realidad, fueron las sardinas y no yo quienes recuperaron el Loto Azul

- No estoy hablando ahora de la flor – rió el emperador –. Yo pedía el objeto más valioso del imperio. Y lo he encontrado en la generosidad de tu corazón. ¿Qué mejor regalo puede dar un padre para la boda de su hija? ¿no crees?”

El Emperador estaba mirando por encima del hombro del muchacho, hacia su hija, la Princesa Blanca, que acababa de aparecer de entre las sombras. Nihichi se volvió de un bote, olvidando todo protocolo, y casi se desmaya al ver tan cerca a su amada.

“Así es, padre, tu sabiduría me ha encontrado al mejor marido, ¿me aceptas por esposa, humano pequeño? – le preguntó directamente a Nihichi, con una sonrisa en los labios.

Éste abrió los ojos, grandes como platos, al darse cuenta de que el delfín y su amada eran la misma persona.

“Obedezco a cuanto deseéis, igual que lo haré siempre” respondió el muchacho al mismo tiempo que se inclinaba de cara a la princesa, intentando sin conseguirlo muy bien ocultar la gran felicidad que le embargaba.

Y así, pocas semanas después, Nihichi y la Princesa Blanca se casaron, pero no aceptaron el regalo de la tercera parte del imperio, sino que permanecieron junto al Emperador para hacer relices los últimos años de su vida. A la muerte de éste, Nihichi y la princesa gobernaron muchos años, con sabiduría, justicia, y. sobre todo, con gran generosidad para todo el imperio

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