dimecres, 3 de juny de 2009

EL ÚLTIMO COMBATE

 

¡Te acaba de romper la ceja izquierda! Nunca debiste aceptar este combate. Otro en lo riñones.  Qué rápido es. Suena la campana.  Menos mal. ¿Dónde han puesto tu rincón? Eso es. Por fin. Necesitas aire. No tienes entrenador, demasiado caro. Tan sólo el médico que te está cosiendo la herida de la ceja, aunque tú ya no sientes ni la aguja. Dentro de poco, se te hinchará el ojo y ya no podrás ver por él. Oyes ruidos indefinibles por debajo del zumbido en tus oídos.  Este chaval te está haciendo puré los sesos. El médico te limpia la sangre. Notas que apestas a sudor y sangre, aunque ya apenas puedes distinguir qué es qué. Levantas la cabeza y ensanchas el pecho para intentar recibir un poco más de oxígeno. Sólo ves el foco del techo, que hace más insoportable el cargado ambiente del gimnasio. Y al fondo, muy al fondo, tu oponente, ni te acuerdas de su nombre. Pero es bueno, mejor que tú. Claro, tiene veintitrés años  menos, ¿qué querías? Pero tú también tienes que comer, ¿no? Y no sabes hacer otra cosa. Intentas beber agua, pero tienes la garganta hinchada. La escupes hacia un lado acompañada de una buena cantidad de sangre. Ves al público en sus sillas plegables de madera. A pesar de ser el primer combate de la velada, el gimnasio está bastante lleno. Añaden al ambiente general olores de cigarros y cerveza barata. Y se lo están pasando en grande, riéndose y saboreando el sangriento espectáculo. A todo el mundo le gusta ver como un joven machaca a un viejo. Y si es por tres dólares la velada, mejor que mejor. Más atrás vislumbras las paredes, grasientas por los años de sudor y de humo. Por encima, los también grasientos ventanales apenas dejan pasar los restos de la luz del día. Antes nunca peleabas de día. Respira. Aprovecha el tiempo y respira. El ojo dañado ya se te ha cerrado del todo por la hinchazón, mal asunto. Entre el barullo del público y el zumbido en la cabeza, apenas oyes la campana. Demasiado pronto. Apenas te levantas el joven se te echa encima con una lluvia de golpes. Qué rápido es. Has aguantado en pie la primera embestida, eso está bien, pero apenas has logrado rozarlo con tus puños. Ves en sus ojos que sabe que ha ganado, tan sólo es cuestión de tiempo. Ahora selecciona mejor sus golpes. Te machaca todo el costado izquierdo con un puño que ni siquiera puedes ver. Lo que sí ves es cómo se mezcla su sudor con tu sangre en su pecho y sus brazos. Céntrate. Sin saber cómo, estás contra las cuerdas, no puedes retroceder y no te quedan fuerzas para avanzar. Intentas abrazarte a él, pero se te escabulle sin problemas. Mientras, te machaca los riñones para que no puedas coger aire. De repente, te tiemblan las rodillas. Bajas la guardia y recibes un gancho en plena mandíbula. Notas una explosión de luz, y poco a poco todo se vuelve silencioso y oscuro como el infierno.

 

Te despiertas. Ha pasado un tiempo, pero no sabrías calcular cuanto. Sientes tanto dolor que eres incapaz de detectar de qué parte de tu entumecido cuerpo viene. Estás tumbado sobre una fría mesa metálica. Notas el fuerte olor a linimento, jabón y sudor. Estás en el vestuario. Notas voces a tu alrededor, pero las tapa el zumbido en los oídos. Abres los ojos, sólo se te abre el derecho. Ves la desnuda bombilla del techo que vierte una neblinosa luz amarillenta sobre el cuartucho. A tu alrededor, los siguientes boxeadores se preparan para salir al ring. Ninguno te mira, sólo el médico que te habla pero a quién no oyes. Has visto su gesto antes, no sabes cuantos dedos te está enseñando, ni siquiera los ves. Notas un pinchazo en el brazo mientras entran los camilleros. El dolor se va diluyendo, pronto estarás dormido. Qué bien. Cuarenta y tres años, demasiado viejo. Pero necesitas comer, y no sabes hacer nada más. Tus sentidos se van apagando mientras te llevan en la camilla. Y tu cabeza te repite, ya casi en sueños: es tu último combate, que te dará para comer el próximo mes. ¿Y después? Mejor no te vuelvas a despertar más, porque si lo haces, entonces sí que el mundo se te va a presentar jodido de verdad.

JUAN CARLOS 29/V/2009


2 comentaris:

  1. He podido vivir de una forma espectacular el combate.
    He podido sentir el dolor de los golpes y del alma del protagonista...

    Un relato bestial.

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  2. Juan Carlos,
    Fantàstico! Creas un clima tangible! Escribes con personalidad. Chapeau!
    Carmen

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