divendres, 5 de juny de 2009

La persiana

Cuando Claudia colgó el teléfono notó que le sudaban las manos y sentía los latidos de su acelerado corazón en las sienes. Ella, que pasaba por la vida a pies puntillas para que nadie advirtiera su presencia, alzó los brazos dio un brinco y pegó un girto de alegría tan fuerte que se asustó de ella misma. Sintiendose riducula, al momento, obligó a todo su cuerpo a que volviera a su recta y fría semitransparencia. Esta vez, sin embargo era incapaz de borrar esa tímida sonrisa ni apagar el brillo de su nueva mirada.

Por primera vez en mucho tiempo algo bueno, diferente estaba a punto de suceder y Claudia lo sabía. Para ella, esto era como poder tocar el cielo con la puntita de sus dedos y de repente, le entró el vértigo que convirtió toda su alegría en temor. De todas formas,  Claudia  sabía que no había marcha atrás porque en el mismo momento en el que Ernesto le había propuesto el proyecto ella contestó al instante un rotundo y  enérgico sí.

Ernesto era un viejo conocido de Claudia. Bien, conocido según el concepto de ella. Tan solo habían hablado una vez. Fue en la fatídica entrevista en la que buscaban fotógrafos para que realizaran un proyecto sobre las grandes catedrales de Europa. Claudia no era afincionada ni amante de la arquitectura pero tenía una gran pasión y esta era la fotografía. Su mejor amiga le mencionó la vacante y la convenció de que se presentara. Debía entregar un Book con al menos treinta fotografías diferentes, no hacían falta títulos ni estudios ni experiencia solo el Book. Claudia trabajó durante dos meses en la elaboración de este Book; compró hojas de papel reciclado con pétalos de flores, escojio de entre sus cientos de fotografías las treinta que más le gustaban, lo encuaderno y durante todo este tiempo  y sin darse cuenta, fue depositando allí todos sus sueños  y la esperanza de haber encontrado por fin, su camino.

Cuando llegó a la entrevista, en la sala de espera encontró a dos personas más. Una chica joven, más o menos de su edad y un hombre de unos cuarenta y seductores años, este era Ernesto. Aunque Claudia sentía que iba a hacer el rídiculo compartió su book ante la insistencia de los otros dos. Cuando vió el trabajo de Sandra, sintió que el suyo era como el trabajo del cole de un niño de párvulos. Aquella chica llevaba un trabajo de imprenta digital impresionante, además llevaba un curriculum de tres o  cuatro hojas de experiencia y títulos concedidos por las más importantes y caras instituciones, que abalaban su trabajo y competencia.  Pero con lo que realmente quedo fascinada era con el book de Ernesto.  Era indescriptible, cada foto, cada paisaje era un sentimiento. Su book era un collage medio digital y medio manual donde se mezclaban colores, aromas y sabores en un perfecto y osado equilibrio. Segura de no hacer otra cosa que no fuera un gran y sonoro ridículo, decició recoger sus cosas para marcharse, con la excusa de ir al lavabo. Supo que tenía que salir de allí lo antes posible pero justo en el momento de ir a cruzar la puerta de salida una secretaria le cortó el paso diciendo: “ – La señorita Claudia puede pasar”. La sangre se le paralizo y entró en aquel despacho con la derrota del que ya se sabe vencido. Acabada la entrevista y pensado que  su pesadilla iba a acabar, Ernesto se le acerco y le pidió su numero de teléfono. Alegó en su desfachatez que había visto algo especial en las fotografías de Claudia. Ella, desconfiada y herida,   salvó la situación dándole su dirección de correo electrónico. Y nunca nada más.  A las pocas horas le notificaron que no era el perfil de candidata que buscaban. Para Claudia otra condena más, se prometió que jamás iba a volverlo a intentar.

Claudia se sentía de nuevo al borde del abismo. Ernesto le proponía un viaje de unos sieis meses a través de Africa para fotografiar su espíritu de Norte a Sud. Ernesto sería el fotógrafo titular y ella y su objetivo, su segunda mirada. Era un sueño echo realidad. Se sentía diferente, digamos muy feliz.  Aún asi, las lagrimas asomaron en los azulados ojos de Claudia comprendiendo las palabras de Ernesto cuando, acariciando una vieja cicatriz, le dijo:

-Oye me alegro de que no creieras en ti en la entrevista,  ahora tu  estarías por Europa y yo no tendría a quien llamar. Sabía que lo tenía que intentar.

Y es que Claudia había olvidado que cuando subes la persiana, la luz del sol suele entrar.

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